31/01/08

Capítulo 2

Capítulo 2: Locura Azul Rey



Caminando bajo el caliente sol, de colina en colina por los valles de Woodcraft, nombre del continente, dirigiéndose a Twinwoodbridge, ciudad gemela de Woodbridge, el puerto más grande del continente, quizás del mundo.

Llegaron a un pequeño bosque, el viejo con su experiencia y sabiduría sugirió rodearlo, pero el espíritu joven y aventurero del muchacho los obligo a cruzarlo. Caminaron un par de horas, hasta que decidieron pararse en el corazón del bosque, dónde a dónde voltearas era igual todo, todos los árboles eran casi iguales. Era de esperarse, se perdieron.

— ¡Qué buena idea! “Hay que cruzar el bosque será más divertido…”
— Jajaja no te burles de mí viejo…
— ¿Quen son vostedes? —Una voz femenina, desconocida, sonó.
— Eh...? Oh mierda… — Al girar su cabeza, Cervantes vio al viejo entre brazps
de una chica con una espada de corta longitud amenazando su vida. La chica, para qué negarlo, era preciosa, portaba hermosas prendas de piel que dejaban ve vientre y sus atractivas piernas. Cabello negro y largo, algo ondulado, un pequeño antifaz cubría su identidad.
— ¿¡Quen son vostedes!?
— So-som-somos viax… —Muy nervioso, erntes intentaba responder pero no le salían las palabras, su gran amigo, su compañero, su viejo estaba en peligro de perder la vida.
— Somos viaxeiros —El viejo respondió muy sereno, estaba muy tranquilo,
cómo si no sucediera nada extremo.
— Viaxeiros… pero non son destas terras…
— É verdade… Somos da Greenwood…
— ¿Greenwood? ¿Y qué hacen tan lejos? Perderse no es un pretexto a ésta
distancia… —Dejaron el extraño idioma, al parecer la chica hablaba perfectamente el mismo idioma que los otros dos. Continuaron hablando, la chica dejó al viejo.

Convencieron a la chica de que los llevara a su aldea, estaba allí mismo en el bosque. Caminaron entre los troncos de los grandes árboles cuyas capas filtraban el sol de mediodía.

Se mostraron ante una gran puerta de madera, era la única forma de entrar a esa aldea amurallada con troncos de unos 2 metros de diámetro. Al entrar, se veía el pueblo completo, era una aldea hecha completamente de cabañas no muy grandes, pero tampoco pequeñas. En el centro había una pequeña plaza con una estatua de alguna mujer, cómo si fuera alguna heroína o fundadora de la villa, quien sabe. Se sentía el olor de la comida casera de los hogares que se combinaba con el olor de las pociones que preparaban en algún lugar.

Caminaron a lo largo de la ciudad, pasaron al lado del único bar de la villa, ¡era un edificio enorme! Cerca del establo, el gran establo dónde toda la villa guardaba sus caballos, los que tenían, había una caballa más grande que todas las demás, además que tenía una arquitectura más compleja.

Entraron a la casa, en efecto, la chica era la líder, reina o cómo prefieras llamarle de la villa. La casa no era muy lujosa, se sentaron en sillas de cuero y madera, eran cómodas, pero la curiosidad vino al muchacho.

— ¿Qué es éste lugar? ¿Por qué está tan escondido dentro del bosque?
— La aldea tiene su nombre, Santuario da Bolboreta, o en español, Santuario de la Mariposa. Nos escondemos pues mi gente no le agrada a los que se hacen llamar “humanos”, a los que viven en Twinwoodbridge, y nos atacaban muy seguido, es por eso que pactamos con la Diosa Madre para que nos protegiera y creó éste bosque.
— ¿Y por qué los atacaban? ¿Por qué ésta gente no era de su agrado?
— Nuestra religión… nuestras creencias… ellos rezan a un dios, nosotros a otro, ellos tienen a sus sacerdotes, nosotros somos druídas, llamaron a nuestra aldea cómo “Druidism Zone”… cómo si fuéramos algo peligroso… nos tratan cómo animales…
— Dru…í…das… —Al parecer al viejo no le agradó mucho escuchar esa palabra.
— ¿Druídas? ¿Escuchaste viejo? Son alquimistas, ¡cómo tú!
— Al…alquimista… ¿Alquimista dijiste? —Por otro lado, a la Reina druída
tampoco le agrado mucho eso.
— Si, ¿hay algo malo? —Cervantes no alcanzaba a comprender.
— ¡¡Sólo lárguense lo antes posible!! —La chica se levantó de su silla y se fue,
antes de cruzar la puerta les dijo algo más— Tienen hasta mañana al mediodía para largarse…

La noche llegó, consiguieron dormir en el establo, detrás del cuál había un lago que alimentaba la pequeña y verde pradera detrás de la casa de Xénese, la Reina. Por más que le inquietaba la curiosidad de por que Xénese se molestó al saber que el viejo era alquimista, Cervantes no preguntó más, además, el viejo ya estaba dormido y no hay nada en el mundo mortal que pueda despertarlo. Al no poder dormir decidió ir al lago, se había quitado la camiseta, sólo llevaba el pantalón, las botas desabrochadas y el collar de su familia.

¡Vaya Sorpresa! Ese cuerpo tan hermoso y atractivo, tan precioso y desnudo, Xénese estaba en el lago. El muchacho no pudo evitar el deseo de seguir mirando, escondió detrás de una roca.

La chica bailaba y cantaba a orillas del lago, el agua le llegaba más o menos a los tobillos. Moviendo sus brazos, sus manos, piernas y torso, formando sensuales poses de una exótica danza. Su voz y ese canto eran preciosos. Una fuerza mística hacía moverse al agua cómo listones alrededor de su cuerpo que la acompañaban en su danza.
La chica paró.

— Ven, acércate… —La chica ya sabía de su “acompañante”… —Cervantes, con temor hizo cómo si no escuchara— Cervantes, ven…
— Xénese… lo siento… yo… sólo…. éste…
— Jaja… no te preocupes, todos los hombres son iguales, ven siéntate a mi lado…
Hablaron un rato, y la curiosidad de Cervantes le obligó a preguntar.
— Xénese, ¿cuál es el problema con los alquimistas? ¿Por qué te molestan tanto?
—Cervantes… a decir verdad no hay problema, alquimistas y druídas se parecen mucho, incluso adoran a la misma diosa, la Gran Madre, o cómo alquimistas llaman Gaia —Pausó un poco para ver las onda que se formaban en el agua del lago por el viento que soplaba— Sólo es que los braids, nuestro profetas, druídas rechazan a los alquimistas pués a diferencia de nosotros, los alquimistas transforman la naturaleza para su bienestar, por ejemplo, el plomo en oro. Nosotros sólo modificamos la naturaleza, si tenemos oro hacemos joyería de oro, pero si es plomo lo que tenemos, aunque podemos hacerlo, no lo transformamos en oro. Eso es todo, pero los braids los rechazan, y aunque yo soy la Reina, tengo que seguir las órdenes de los Brands y los filidhs, nuestros videntes, que son superiores a mí…
— Entonces su “guerra” es sólo porque los alquimistas no usan las sustancias puras de la naturaleza…
— Justo eso…
— Me pregunto… ¿podrías ponerte algo de ropa? Jeje…
— Jajaja baboso… uhmm tengo que irme… por cierto… si quieren quedarse más tiempo, pueden hacerlo, pero no mencionen para nada la alquimia —Un guiño y una seña de beso con la mano departe de la chica fue la despedida.
— Dios… que cuerpo tan perfecto… quisiera tenerla justamente ahora… ésta
noche… —Se recostó en el suelo a ver las estrellas, comenzó a vagar en pensamientos, en esos siete años lejos de su hogar, en sus amigos en la plaza, y por supuesto, su amada Mireya.

La luz de un nuevo Sol sobre su rostro fastidiaba su sueño, se quedó dormido al lado del lago. Despertó. Escuchó hermosas risas de mujer. Volteó a un lado y no vio nada, volteó a otro y nada, volteó atrás y había dos chicas, no eran tan bonitas cómo Xénese o Mireya, pero se podía apreciar su belleza. Intentando poner en práctica el idioma de esa región, que según el viejo le había enseñado, logró comunicarse con las señoritas— ¿Do que se divirten? —Las chicas se voltearon a ver, enseguida se percataron que no hablaba bien el idioma. Apuntando con el dedo señalaron las piernas del muchacho, no había nada raro, sólo se veía algo estirado el pantalón entre las piernas. Espera, ¿por qué está estirado? Algo extraño pasa… aaah… sólo era su erección, al parecer tuvo algún sueño después de ver a Xénefe la noche anterior. Además, párecía estar algo húmedo, volteó a ver a las chicas y les sonrió—Pervertidas… —Se dijo así mismo en voz baja. Sin más, se despidió cómo pudo de ambas señoritas, seguramente no las volvería a ver jamás. Regresó al establo, el viejo ya no estaba allí. Tomó su camiseta y limpió su pantalón, pues no tenía otro, era el mismo de cuero aún que aquella noche del circo siete años antes, “necesito uno nuevo”, pensó el muchacho. Con un espejo roto se miró y acomodó su cabello, no encontró nada con qué hacerse una cola, lo dejó suelto.

Recorrió la ciudad, buscando a su compañero vagabundo cómo él, el cuál seguramente lo buscaba también, amenos que se estuviera emborrachado con alguna mujer. La gente recién despertada ya estaba muy activa, abriendo tiendas y restaurantes, cerrando bares para abrirlos en pocas horas más, había gente cortando leña en el bosque, las mujeres barriendo sus casas y haciendo el desayuno para sus maridos e hijos, niños jugueteando mientras iban a la escuela comenzar una nueva lección; al ver a los niños, recordó a sus amigos de la infancia, que fueron los mismos hasta que fue secuestrado.

Le llamó la atención una tienda, entró a ver si le interesaba algo. Había muchos libros que se veían interesantes, novelas, historias y leyendas regionales, pero estaban en ese extraño idioma que no sabía leer, incluso había uno de alquimia —Creí que odiaban la alquimia— Salió de la tienda con un caramelo para calmar su hambre mientras encontraba un restaurante barato y una novela de algún escritor que no conocía pero el libro estaba en su idioma. Según la parte de atrás del libro, era una historia que relataba un romance de muchos siglos atrás, millones de años de hecho, allá por el siglo XVIII, en un país que ya no existía, era llamado Japón o algo así. ¡Al fin! Una tienda de ropa. Le quedaban no muchas monedas, pero seguramente le alcanzaría para algo. Entró y se midió un par de pantalones, uno de cuero y otro de tela. Después de coquetear con la chica que despachaba salió de la tienda con ambos pantalones y una camisa.

—¡Cervantes! —Xénese, desde un restaurante, lo llamó. Se sentó con ella en una mesa, el viejo estaba allí también. Desayunaron por cuenta de la Reina. Sin más, con una disculpa del viejo, salieron ambos hombres del lugar.
—¿Qué pasa viejo? Nos invitó a desayunar y nos vamos así y ya…
—Sólo sígueme…